El indicador empieza tarde por diseño
Hay un tramo del día que ningún indicador reclama como propio: el trayecto de ida al trabajo y el de vuelta a casa. Dos cuentas se reparten las horas de una persona —la del trabajo y la de la casa— y las dos leen ese tramo como si perteneciera a la otra. Nadie firmó esa decisión. Nadie escribió, en ninguna de las dos, que ese tramo no cuenta. Y sin embargo ahí está: un tiempo real, gastado por un cuerpo real, que ningún indicador llega a tocar.
Durante ese tramo el cuerpo está ocupado. Va sentado o va de pie, pero en cualquiera de los dos casos no puede usarse para otra cosa mientras dura el trayecto. No es descanso —no se duerme del todo yendo hacia algún sitio, ni siquiera sentado— y tampoco es trabajo, porque el trabajo, según el indicador que lo mide, todavía no ha comenzado. Cuando te desplazas hacia un lugar, ya no estás disponible para nada más, aunque ninguno de los dos registros lo anota todavía. Es una franja que ocurre entre dos mediciones y que ninguna de las dos alcanza a rozar.
Un indicador puede no tocar algo que, de hecho, está ocurriendo. En ciertos mecanismos de medición existe una franja de entrada, la llamada zona muerta, dentro de la cual el mando ya está desplazado, el mecanismo ya está en marcha, y el indicador, sin embargo, no se mueve todavía.
La franja está prevista en el diseño. El indicador permanece inerte hasta que la entrada cruza cierto margen: empieza tarde por diseño. Quien acciona el mecanismo lo acciona desde el primer instante. El esfuerzo es continuo, real, medible por otros medios; lo que llega tarde es el lado que tendría que mostrarlo.
Con el trayecto hacia el trabajo ocurre algo semejante, aunque aquí son dos los indicadores, no uno. El de la jornada no empieza a moverse hasta que la persona cruza cierta puerta; antes de eso, aunque ya lleve un buen rato en camino, alejándose cada vez más de un extremo sin haber llegado todavía al otro, para ese indicador no ha pasado nada. El del descanso, en cambio, se detiene en el instante en que la persona sale de su casa; para ese otro lado, ya se fue, ya no cuenta como tiempo suyo.
Los dos indicadores miran el mismo tramo y los dos lo leen hacia el lado contrario: uno dice «todavía no», el otro dice «ya terminó». Entre el «todavía no» y el «ya terminó» no queda un solo momento en que alguno de los dos diga «ahora».
Que los dos indicadores señalen hacia el otro deja el tramo entero, sin dividir, del lado de quien lo atraviesa. Ninguna de las dos cuentas pierde nada por dejarle el tramo a la vecina. Cada una actúa como si el tramo no fuera asunto suyo, y las dos pueden sostener esa posición al mismo tiempo porque nunca se comparan entre sí: cada indicador mira solamente su propia escala.
Una comparación muestra que esta zona muerta es el resultado de decisiones que alguien sí tomó en algún lado. Cuando algo se traslada de un lugar a otro —un objeto, una carga— la distancia recorrida tiene precio, y ese precio empieza a contarse casi de inmediato: el indicador que mide el costo de mover una carga tiene una franja de entrada muy angosta, porque a alguien le conviene que responda pronto.
En cambio, cuando quien recorre la misma distancia es la propia persona, con su propio cuerpo, la zona muerta se ensancha hasta cubrir el trayecto entero, de un extremo al otro. La distancia recorrida es la misma en los dos casos. Lo que varía es la presencia, del otro lado, de un motivo para que el indicador no se demore: en un caso ese motivo existe —alguien cobra por la distancia—; en el otro no hay nadie a quien cobrarle, y el indicador se queda sin razón para adelantarse.
Buscar a la persona que decidió esto de manera explícita no lleva a ninguna parte. En ninguna cuenta de horas trabajadas aparece una línea que diga que el trayecto queda fuera; tampoco hay, del otro lado, una anotación que sitúe el comienzo del descanso en la puerta de casa. No hay una frase que excluya el tramo, ni una firma al pie que lo haya decidido. Lo único que hay es la forma de dos ausencias que coinciden, sin haberse puesto de acuerdo entre sí, en el mismo tramo de tiempo.
Es más probable que cada cuenta —la del trabajo, la de la casa— se haya calibrado mirando solo hacia su propio interior: la jornada mide lo que ocurre dentro de la jornada, el descanso mide lo que ocurre dentro de la casa, y ninguna de las dos se detuvo a preguntar qué había en el borde compartido. No hace falta una decisión firmada para que un tramo quede fuera de las dos miradas a la vez. Basta con que cada indicador se haya calibrado sin mirar hacia el otro.
Elegir dónde vivir también es, sin que se diga en esos términos, elegir el tamaño de esta franja. Un mismo empleo admite trayectos cortos o trayectos largos, según el lugar donde termine viviendo cada persona, y en la lista de cosas que se comparan al elegir rara vez aparece el tamaño de la zona muerta que va a resultar de esa elección. Aparecen el lugar, la vivienda, lo que cuesta quedarse allí. Ese ancho queda fijado de paso, como consecuencia de esa otra decisión.
A nadie se le entrega, junto con esa decisión, una lista de lo que se está cambiando por ese tramo de tiempo. La franja puede ser corta para una persona y larga para otra, según dónde haya terminado viviendo cada una, y los dos anchos son igual de válidos para el indicador: son, simplemente, dos anchos de la misma zona muerta. En los dos casos el intercambio queda implícito. Se sabe cuánto cuesta la vivienda; se sabe, más o menos, cuánto tarda el trayecto; pero en ningún papel se junta lo uno con lo otro para mostrar lo que realmente se pagó por elegir ese lugar y no otro.
Conviene distinguir este tramo de otro tipo de ausencia: la de un costo que sí llegó a existir. En un envío que pierde su costo visible en el precio, ese precio llegó a existir antes de desaparecer del papel. Este tramo, en cambio, nunca tuvo en ningún papel un precio que después pudiera faltarle.
Hay también una diferencia con una autorización que queda anotada en un papel, sin que su precio la acompañe. Allí un papel está escrito por la mitad. Aquí los dos papeles están escritos enteros, cada uno impecable dentro de sus propios términos, y el tramo sigue sin aparecer en ninguno: el del trabajo lo da por asunto de la casa, y el de la casa por asunto del trabajo.
El tramo sigue ahí, de todos modos. El cuerpo lo atraviesa igual, sin dormir y sin trabajar, mientras los dos indicadores —cada uno fiel a su propia escala— coinciden en una sola cosa: en que ese tramo, precisamente ese, le corresponde al otro.