¿De qué estación es este fruto?
Lo que todavía no ha dado fruto, nadie lo cuenta. Ni quien mira desde afuera, que solo llega a ver lo que ya maduró, ni —esto es lo llamativo— quien lo está cultivando, que en teoría es el único con acceso a la temporada entera y aun así no lleva la cuenta de la suya. Lo pongo al frente en vez de reservarlo para el cierre, que es donde ya no serviría: la parte que pasa bajo la tierra no entra en ningún registro, ni en el ajeno ni en el propio.
Cuando comparas dónde estás con dónde está otra persona, comparas con una desventaja de origen. De tu propio terreno ves todo: la raíz, la espera, el tramo entero en que todavía no hay nada que mostrar. Del terreno ajeno solo te llega lo que ya salió a la superficie, con forma y con nombre. No es que midas mal: es que la comparación nace coja, porque nadie exhibe el tiempo en que su propio fruto todavía no era nada visible.
Desde afuera, lo que todavía no salió a la superficie y lo que sencillamente no existe se ven exactamente igual. Si solo miras desde donde miran los demás, no hay manera de distinguir entre un terreno vacío y un terreno donde algo está formándose despacio. La diferencia solo la sabe quien tiene el pie metido en la tierra, y aun así, saberlo no le sirve de mucho, porque nadie más puede verificarlo.
Un registro de observación guardaba la voz de alguien hablando de su propio apuro. Esa persona piensa casi sin pausa: trabaja pensando, y sigue pensando incluso después de soltar la tarea de la mano. Nadie la obliga a esto. Lo eligió así, y lo sostiene así.
Dice también que necesita hablarlo. No hablarlo la deja inquieta. Pero lo que sale al hablar es la misma idea que no ha dejado de darle vueltas, solo que ahora en voz alta, así que hablar no funciona como descanso: es una manera de sacarlo afuera antes de que se acumule demasiado. No es una pausa. Es una forma de soltarlo, no de resolverlo.
El problema no está en la falta de alguien dispuesto a escuchar. Hay quien escucha. Lo que falta es alguien que vea el mismo dibujo que ella ve, lo bastante cerca como para devolverle algo distinto de un gesto amable. Lo que recibe, cuando cuenta lo que hace, es asentimiento. Nunca un juicio. Y un asentimiento no mide nada: deja las cosas donde estaban, sin ningún número encima.
Ella dice que está apurada. Quiere llegar a algo terminado, y pronto. Pero si se sigue el hilo del apuro hacia atrás, lo primero que aparece no es la distancia que falta por recorrer. Es la falta de un instrumento. No tiene con qué medir en qué punto de la temporada está: si avanza rápido o despacio, si va atrasada o no. Nada de eso se puede saber sin alguien más sosteniendo la vara desde el otro lado. Así que solo queda una frase, repetida, sin dato que la sostenga: hay que apurarse.
Una parte de ese apuro no nace de estar atrasada. Nace de no poder comprobar si lo está.
No poder medir pesa más que estar atrasada. Si el atraso fuera un hecho comprobado, sería una cantidad, algo que se puede nombrar y, con el tiempo, recortar. Mientras nadie lo comprueba, no se convierte en cantidad: se queda como una sospecha que no baja de intensidad porque nunca llega a resolverse. Y el instrumento que resolvería la sospecha no funciona con un solo extremo: pide dos, y el segundo nunca llega a estar ocupado. A solas, rápido y lento dejan de ser medidas y pasan a ser estados de ánimo, y un estado de ánimo, sin que nada venga a confirmarlo o desmentirlo, puede quedarse exactamente igual durante mucho tiempo.
Lo interesante es que a ella, en el fondo, le daba igual qué le devolvieran. Contó que le bastaría con una sola persona capaz de responder algo, cualquier cosa —«eso que haces, casi nadie llega tan lejos» o «eso es lo normal»—, y que el contenido de esa respuesta le importaba menos que el hecho de recibir una. Un instrumento no tiene que confirmar que vas bien. Solo tiene que existir. En otro registro que dejé anotado hay personas a las que sí les asignan un número desde afuera. Aquí ocurre lo contrario: no hay número, ni malo ni bueno, porque no hay nadie parado al otro lado con algo para anotar.
Hay otro dato en ese mismo registro. Ella ve, antes de empezar, cómo queda lo terminado. Lo ve completo, con su forma final, mientras todavía no existe nada. Así que todo el tramo en que la cosa aún no está —que es casi todo el tramo— se experimenta como distancia respecto de algo que ya tiene cara. Quien no ve el final por adelantado no tiene delante esa distancia, y por eso no se apura. A ella el apuro no le viene de no ver: le viene de ver demasiado bien, y demasiado pronto.
Lo que también quedó anotado, y que conviene no pasar por alto, es que había avance real. Se acumulaban piezas, se afinaban maneras de hacer las cosas, el conjunto se movía más rápido que antes. El avance existía. Y aun así ella no podía decir si era mucho o poco, rápido o lento, porque decir eso exige un punto de comparación, y ese punto sencillamente no estaba disponible. Incluso llegó a encontrar, por su cuenta, una parte de la demora que dependía de su propio modo de trabajar, y la corrigió sin que hiciera falta que alguien de afuera se la marcara. La capacidad de revisarse no depende de tener un instrumento externo. Solo la de saber qué tan rápido se está revisando, sí.
Y aquí llega el dato que más pesa, porque cierra cualquier salida fácil: nadie la estaba apurando. No hay un plazo impuesto por otro, ni una voz que reclame, ni una queja registrada en ninguna parte. No hay pérdida para nadie ni conflicto entre partes. Si algo empuja, empuja desde adentro, y ahí adentro no hay a quién señalar. Hay cosas que siempre parecen llenas, y el motivo de esa apariencia queda fuera de lo que aquí se observa. Aquí no hay ni siquiera esa superficie: lo de ella no está vacío ni lleno, porque todavía no existe nada capaz de mostrarse lleno o vacío.
No sé de qué estación es el fruto que ella está esperando. Tampoco lo sabe ella, y esa es, quizá, la parte que no se puede resolver desde afuera: no hay estación registrada para lo que aún no salió a la superficie.