Crecen en la misma tierra y, aun así, lo que se elige es solo la forma.
Dentro de la cesta traída del campo había un solo rábano curvado como un arco tensado. Salvo por estar curvado, no se diferenciaba en nada de los demás rábanos. Durante los meses que pasó en la tierra, habrá recibido la misma lluvia, el mismo sol, el cuidado de la misma mano. Pero en el instante en que lo pusieron sobre la mesa de selección, solo aquel fue apartado a un lado. La razón era una sola: que no era recto. Sobre la mesa, no se le da ocasión de contar cómo llegó a curvarse.
A lo que no pasa por la malla, no se le pregunta por qué
Un tamiz nunca pregunta por qué algo no pudo atravesarlo.
Lo más grande que el grosor de su malla es rechazado; lo más pequeño se cuela. El tamiz mismo no alberga malicia; es solo una herramienta que separa en dos según un criterio fijo. Pero al lado rechazado no se le pide una razón. Porque estaba curvado, porque era demasiado grueso, porque era demasiado pequeño: solo por eso, los meses de agua y de sol vertidos en su crecimiento son apartados todos de golpe. Allí no se pregunta ni una sola vez si sabe bien. Tampoco se pregunta cuánto absorbió de los nutrientes de la tierra. Lo que se pregunta es solo la forma.
Bien mirado, es del lado humano que se tamiza y, sin embargo, en algún momento es la malla la que ha tomado el rostro del amo. Una vez fijado el tamaño de esa malla, no queda sino repetir mecánicamente la selección: pasar o no pasar. En el instante en que algo se pone al tamiz, todo otro criterio se borra en silencio. No queda sino una sola línea: si pasó o no. Y quién trazó esa línea, el tamiz mismo lo ignora.
Nadie lo decidió y, sin embargo, nadie puede oponerse
Una curva llamada distribución normal tiene siempre colas.
La mayor parte de los números se reúne en el centro y escasea hacia ambos extremos. Cuando se recortan esas colas como «excepciones», solo el centro que queda acaba pareciendo «normal». Pero no es que desde el principio solo existiera el centro. Es solo después de cercenar las colas cuando el centro, por primera vez, resalta. Que una verdura recta parezca «la forma corriente» obedece a la misma lógica. No es que los individuos curvados fueran minoría desde el comienzo; es que, a fuerza de repetir una y otra vez el procedimiento de la selección, solo los rectos siguieron llenando los estantes, y eso, sin que nadie lo advirtiera, terminó por quedar grabado como «lo corriente».
Pocos, si se les presiona, saben decir quién fijó este criterio. No lo decidió el productor. Tampoco fue el comprador quien alzó la voz para exigirlo. Ya dejé constancia de qué carga se oculta tras el precio bajo de lo «barato», y aquí se halla una estructura semejante. El comprador quiere las cosas lo más baratas y de mejor apariencia posible, y el vendedor, por evitar quejas y devoluciones, estrecha cada vez más sus criterios de selección. El esfuerzo de cumplir esos criterios, y el desecho de lo que no pudo cumplirlos, son empujados en silencio corriente arriba, hasta el campo más alto de la corriente. Nadie dio una orden clara. A medida que cada cual se corrió un poco hacia el lado más seguro, sin que nadie lo advirtiera, se formó una sola línea a la que nadie puede oponerse. La palabra «norma» tiene una resonancia neutra, científica. Pero a la sombra de esa neutralidad, la pregunta misma de en casa de quién se acumula la carga desaparece de la vista.
Solo lo que sobresale del molde se recorta en silencio
El trabajo de cortar con molde no se interesa por la parte que sobresale.
Presiona el molde contra la masa, y solo queda la forma que sigue su contorno; los bordes que sobresalen se recortan todos de un golpe y se llevan a otra parte. La masa así recortada contiene exactamente los mismos ingredientes que la parte que quedó, pero por el solo hecho de estar fuera del molde, ya no se llama «producto». Ajustar las verduras al molde de una norma se parece mucho a esto. Solo lo que se aloja dentro del molde llena los estantes como «verdura», mientras que lo que sobresale se lleva, bajo un nombre cambiado, a otro lugar: para procesar, para pienso, o simplemente para desecho. Aunque curvado, aunque demasiado grande, sigue siendo una vida que se hizo crecer, y sin embargo. Una vez cambiado el nombre, cambia también el trato. La misma cosa se vuelve ya objeto de miramientos, ya de descuido, por un solo cambio de nombre.
Toda materia de este universo no es, en el fondo, más que materia: y ahí voy de nuevo, soltando palabras grandilocuentes. En suma, es simplemente esto: el valor de vidas que se hicieron crecer de la misma manera se reparte por el solo motivo de la forma.
Ya dejé constancia de la técnica que borra las estaciones y del desperdicio que de ella nace. La técnica que suprime las estaciones y la norma que uniforma las formas parecen, en la raíz, una misma cosa. Es el trabajo de rehacer la irregularidad que produce la naturaleza en una uniformidad cómoda para la mano humana. En el curso de ese rehacer, poca luz se arroja sobre lo que se escapa. El sabor de lo que se escapó no es, la mayoría de las veces, en nada distinto del de lo que quedó. Y aun así, ese sabor casi nunca se comprueba.
Contemplé un rato el rábano curvado en la cesta. De haber sido recto, estaría ahora en la mesa de alguien. Ninguna diferencia de sabor. Por la sola razón de que su forma difería, este fue puesto fuera de la fila.
La próxima vez que veas un estante de verduras bien alineadas, recuerda, aunque sea un poco, que tras él hay una parte que creció otro tanto y que, sin embargo, cayó fuera de la fila. La uniformidad del estante no es la forma propia de la naturaleza, sino la forma que queda una vez concluida la selección.
Yo solo dejo constancia de dónde se trazó la línea.