Ese rostro, ¿a quién acercó con quién?
En la bolsa de un alimento hay una fotografía de un rostro sonriente, junto con un nombre. La vi en un puesto de venta y me detuve un momento. Lo primero que llama la atención no es el contenido, sino, siempre, esa sonrisa. Algunos compradores dicen que, al ver ese rostro, sienten un poco de tranquilidad. Es cierto: algo firmado por alguien que sonríe resulta más fácil de llevarse a la boca que algo hecho por un desconocido. Basta con que un rostro aparezca en un estante sin rostros para que el ambiente del lugar parezca, de algún modo, más suave. Me parece una reacción de lo más natural. Pero, ¿a cambio de qué se entrega esa tranquilidad? Hoy voy a asomarme un poco a esa pregunta.
El rostro pegado
La fotografía impresa de un rostro da la impresión de que esa persona está realmente ahí. La forma de reír, el modo de entornar los ojos, sin duda le pertenecen. Pero lo que en verdad hay ahí no es más que una imagen construida por la superposición de luz, papel y tinta.
Piensa en la imagen que se forma al mirar dentro de un espejo, o al asomarse al fondo de una lente. La imagen, sin duda, está ahí, visible. Pero, aunque extiendas la mano, tus dedos no llegan a ese lugar. Porque la imagen y el objeto real del que procede nunca están en el mismo sitio. —Y ahí voy otra vez, con un modo de hablar tan solemne. En resumen: es solo que los dedos no alcanzan a la persona que está dentro de la fotografía.
Y esa imagen, además, no es el objeto real en sí. Es apenas un reflejo: la luz que emitió el objeto real rebotó sobre el papel y formó esa imagen. A veces el reflejo llega a verse más cercano y más vívido que el objeto real. Pero que algo parezca cercano y que esté realmente cerca son dos cosas muy distintas. De hecho, el reflejo suele estar preparado de antemano, precisamente, para parecer cercano.
No pretendo censurar esto. La imagen está ahí, simplemente, como imagen. Por ahora, solo quiero dejar constancia, en silencio, de eso.
Lo único que se acercó fue el rostro
Entiendo bien que el rostro de la fotografía intenta transmitir tranquilidad y cercanía. Alguien que sonríe resulta, sin duda, más agradable que un desconocido sin nombre. Es una puesta en escena realmente cuidadosa.
Pero la cercanía tiene condiciones que una sola fotografía no puede satisfacer. Está la sensación de que mañana también podríamos volver a encontrarnos, en algún lugar. Está la pequeña tensión de que, si tratas algo con descuido, la próxima vez sentirás vergüenza al verte con esa persona. Está el pequeño temor de que, si subes el precio, alguien pueda fruncir el ceño delante de ti. La cercanía, según parece, se sostiene sobre un manojo de pequeñas tensiones como estas. Ya observé cuándo dejamos ir aquel rostro. Lo que se había perdido entonces no era tanto el rostro como apariencia, sino la fuerza de esa tensión que, en silencio, actuaba porque el rostro estaba cerca.
Lo que esta vez se ha vuelto a pegar sobre la bolsa es solo la imagen. La imagen no tiene la sensación de un posible reencuentro mañana, ni la tensión de la vergüenza por un trato descuidado. Por mucho que la trates con desdén, el rostro de la fotografía nunca volverá a poner cara de incomodidad. Parece que algo se ha acercado, pero lo único que realmente se acercó fue la superficie del rostro; la fuerza de aquella tensión que antes mantenía el rostro cerca todavía no ha vuelto a ningún lado.
Hay algo más que no debo pasar por alto. Cuando siento que nuestras miradas se cruzan, en realidad soy el único que mira. El rostro de la fotografía nunca me devuelve la mirada, nunca ve con qué expresión estoy parado frente al estante. Tampoco recuerda cómo traté hoy ese producto, si intenté regatear o si lo manejé con descuido. Siempre pensé que una relación funciona, casi siempre, en ambas direcciones, pero entre este rostro y yo solo nace una mirada de un solo sentido. Sentirse observado cuando, en realidad, solo uno mismo está observando: parece que también existe, en este mundo, ese tipo de cercanía.
¿Quién se acercó a quién?
Además, si lo miro con atención, esa fotografía, para empezar, ni siquiera me sonríe solo a mí.
El mismo rostro, el mismo ángulo, la misma sonrisa: esa imagen probablemente esté pegada varios miles de veces, en ese mismo estante y en otros estantes de lugares lejanos. Ya observé al individuo nivelado como uno entre ocho mil millones, y aquí hay un gesto muy parecido al de entonces. En el instante en que un rostro que debía estar destinado a una sola persona pasa a tratarse como un molde reproducible sin límite, ese rostro deja de pertenecer a una sola persona. Yo creía estar cruzando la mirada con ella, pero en realidad no hacía más que ver uno de los ejemplares de ese molde, el mismo que vería sin importar con cuál de los ocho mil millones cruzara la mirada. —Dime, ¿no te parece que esta es una historia bastante elaborada? Aunque, más que elaborada, quizá se trate, simplemente, de un molde muy bien hecho.
Y ese molde no solo entrega un rostro reproducido. Entre todos los compradores que reciben el mismo rostro también se reparte, de manera pareja, una tranquilidad con una forma casi idéntica. Aquel pequeño alivio que creí sentir tal vez no fue, en realidad, un suceso especial que me ocurrió solo a mí, sino una reacción que se reproduce, sin variar un ápice, dentro de cualquiera que reciba ese mismo molde. La distancia que creí haber acortado estaba reproducida, en la misma medida, tanto de este lado como del otro.
Si es así, ¿quiénes fueron, en realidad, los que se acercaron por medio de esa fotografía? Tal vez no fueron el comprador y la persona que sonríe en la imagen. Quizá quienes se acercaron fueron, más bien, el vendedor y la cifra de ventas. Todavía no tengo pruebas suficientes para afirmarlo con esa certeza. Pero me parece que hay motivos de sobra para sospechar que esa sonrisa en la bolsa y el ascenso de las cifras en el estante, quizá, se están dando la mano en un lugar sorprendentemente cercano.
Ese rostro, hoy también, sigue formando su imagen en silencio sobre alguna bolsa, en algún lugar, con el mismo ángulo de siempre.