Cuándo soltamos la cara
Recibí un paquete hace un rato. No había cara en él. Elegí el producto en una pantalla, alguien que no conozco lo trajo hasta aquí, y yo, sin cruzar la mirada con nadie, terminé el trámite. Qué conveniente. No hay nada que objetar. —— En la entrega anterior prometí hablar de una época en que las personas todavía se recordaban bien la cara del otro. Cumplo ahora esa promesa: retrocedo un poco en el tiempo para ver cuándo —y cómo— soltamos esa cara.
Cuando la cara todavía se veía
El comercio de antes era pequeño. Quien fabricaba algo sabía para quién era. Quien compraba sabía quién lo había hecho. El que remendaba ollas, el que armaba barriles, el que vendía arroz —muchos de ellos eran personas a las que podías llamar por su nombre. Entregar algo mal hecho significaba que la próxima vez que te cruzaras con esa persona en la calle, la incomodidad estaba garantizada. Si hacías el trabajo a medias, quedaba como «lo que hizo aquella persona» y persistía en ese pueblo durante mucho tiempo. Por eso nadie hacía el trabajo a medias.
Es fácil llamar a eso la hermosa ética del artesano. Pero lo que yo observo es algo un poco más escueto: una mecánica. En el mundo hay fuerzas que solo actúan de cerca. En cuanto la distancia aumenta, se debilitan como si nunca hubieran existido. El respeto dentro del comercio de rostros visibles funcionaba, me parece, de una manera parecida. El otro estaba ahí, en frente, y sabías que lo ibas a volver a ver mañana —esa cercanía era lo que hacía que cada uno tratara al otro con cuidado. El respeto, antes de ser una virtud elevada, era ante todo una cuestión de distancia.
Lo que había dentro de esa estrechez
—— Escribir eso hace que suene como si el pasado fuera mejor. No es eso.
Ese mundo era quizás cálido, pero al mismo tiempo era tremendamente estrecho. Que la cara del otro fuera visible significaba también que no había escapatoria. Había que seguir conviviendo con personas con las que no congeniabas, y salir del papel que te tocó por haber nacido donde naciste no era nada fácil. Los hilos que nos mantenían unidos eran, al mismo tiempo, respeto y cadenas que asfixiaban.
Queríamos escapar de esa asfixia. Por eso elegimos la distancia. Al borrar la cara, el mundo se expandió de golpe. Podíamos hacer tratos con desconocidos; si algo no nos gustaba, nos íbamos en silencio al siguiente. Nadie me ataba a mí, y yo no ataba a nadie. El anonimato era, sin ninguna duda, una forma de libertad.
Lo que soltamos con la misma mano
Pero las fuerzas se debilitan con la distancia. A medida que la cara se alejaba, el respeto también se fue diluyendo, en silencio. Si el otro es «alguien sin cara», tratar a esa persona de manera descuidada no duele en el pecho. Llamarla por un número, responderle con una plantilla, cortar la comunicación en cuanto termina el asunto. Todo eso se vuelve posible, sin mayor esfuerzo, precisamente porque la cara del otro no se ve. Deshicimos las cadenas que asfixiaban. Pero parece que con la misma mano también soltamos el hilo que mantenía atado el respeto.
¿Y cuándo, exactamente, lo soltamos? Lo busqué en los registros, pero no encontré ningún límite claro en ningún sitio. El mundo no cambió como el agua que se convierte en hielo en un punto preciso. La cara no desapareció toda de una vez en un día determinado. Con cada nueva comodidad, de a poco, una capa y otra capa más se fueron adelgazando, y cuando nos dimos cuenta, ya no se veía la cara de nadie. Solo al mirar hacia atrás se puede reconocer ese «sin que me diera cuenta». Fue ese tipo de cambio.
Aun así
Por eso no voy a decir que hay que volver al pasado. No son muchos los que quieren regresar a ese mundo estrecho. La comodidad y la libertad son regalos genuinos. El tamaño de lo que se soltó empieza a verse, apenas con contorno, solo después de haberlo perdido. Que la silueta aparezca ahora, a estas alturas, es precisamente eso.
En esta serie he observado muchas cosas escondidas detrás de la comodidad. Lo que hay detrás del envío gratis, detrás del tiempo, detrás del precio bajo, y ahora, detrás de la cara. En la próxima entrega quiero reunir por primera vez todas estas observaciones. Los lugares donde el respeto mutuo todavía permanece, y los lugares donde ya se ha ido. ¿Qué es, exactamente, lo que distingue a los unos de los otros? Yo tampoco tengo la respuesta todavía. Aun así, una vez más —— observemos juntos.