¿Se contaron personas o se contaron llegadas?
Cuando parece que, sobre un tema cualquiera, "todo el mundo dice lo mismo", conviene preguntar primero no quién lo sostiene, sino cuántas veces llegó a quien lo está relatando. Hay un registro que lo muestra con cierto detalle: alguien tuvo la impresión de que un asunto contaba con un apoyo amplio, y solo después, al volver a contar con cuidado quiénes habían hablado en realidad, se supo que eran muchos menos —de un orden de magnitud menor que lo que la impresión sugería. Entre la primera sensación y la segunda revisión no cambió el asunto. Cambió, simplemente, lo que se estaba contando.
Ahí está el error que vuelve a aparecer cada vez que se repasa un caso así: se contaron llegadas, no personas. Cuando algo te llega repetidas veces, no puedes saber, solo por haberlo recibido, si vino de varias voces distintas o de una sola que volvió a insistir. La llegada tiene la misma forma en los dos casos, y esa forma no trae escrita su procedencia.
En ese recuento apareció algo más. La misma voz se repetía en varios lugares distintos, con las mismas palabras casi siempre. Una persona que dice lo mismo en varios sitios y varias personas que lo dicen una vez cada una producen, del lado que recibe, exactamente el mismo número de llegadas. Ni uno ni otro caso produce un recuento falso: en ambos sube la cifra final, y sube la misma cantidad de veces. Lo que cambia es cuántas personas había, en realidad, detrás de esa cifra. Sumar llegadas es sencillo; averiguar cuántas bocas las produjeron exige otro trabajo, uno que casi nunca se hace porque el primer número ya parece suficiente.
Hay una manera mecánica de entender, además, por qué unas voces crecen y otras desaparecen sin que nadie las haga callar. Un cuerpo que puede vibrar —un puente, una copa, cualquier estructura con una frecuencia propia— responde de un modo particular a los empujes que recibe. Un empuje que llega una y otra vez exactamente en esa frecuencia no necesita ser fuerte: basta con que coincida, y la amplitud crece empuje tras empuje, hasta hacerse visible desde lejos. El mismo empuje, con la misma fuerza, pero en otra frecuencia, no deja huella alguna, por muchas veces que se repita. No es cuestión de cuánta fuerza se aplica. Es cuestión de si coincide o no.
Con las voces ocurre algo parecido. Cuando varias dicen lo mismo, con el mismo tono y casi las mismas palabras, se suman como empujes que coinciden: cada una se apoya en la anterior y la amplitud sube deprisa, aunque sean pocas las que empujan. Cuando lo que se piensa no coincide de una persona a otra —matices distintos, dudas distintas, ninguna palabra igual a la de al lado—, esos empujes llegan en frecuencias dispersas y no mueven nada. Nada de esto exige que alguien mienta sobre cuántos son. Basta con que las voces alineadas aparezcan juntas y las demás pasen de largo sin dejar una marca que pueda contarse. No es que se resten a propósito. Sencillamente no van a la par, y lo que no va a la par, sumado, no crece.
Ese lado cancelado no estaba a favor ni en contra. No había tomado partido, y tampoco se había quedado en silencio por indiferencia. Lo que le pasaba, si se le puede llamar así, es que sus direcciones no coincidían entre sí. Hay, además, otra razón por la que ese lado tiende a desaparecer: quien no tiene nada concreto que decir tampoco encuentra las palabras con las que decirlo. Cuando se preguntó de manera directa, buena parte de las respuestas fueron algo como "no sabría decir" o "me da igual". Lo que no llega a tomar forma no llega al lugar donde algo se cuenta. No es que se descarte a propósito; es que nunca llega a presentarse como algo que contar.
Este cuaderno ya se detuvo una vez a observar cómo el ruido de lo individual se cancela hasta dejar solo un promedio liso. Ahí, esa cancelación era la fuente de la exactitud: cuanto más se cancelaba lo particular, más fiable resultaba lo que quedaba. Aquí el mismo fenómeno se ve al revés. Lo cancelado no deja un promedio fiable. Deja un espacio en blanco con exactamente la misma forma que tendría si nadie hubiera opinado nunca. El promedio que queda en un caso y el blanco que queda en el otro pueden, vistos de lejos, parecer el mismo tipo de silencio. No lo son: uno resume información; el otro la vuelve invisible. Mirando solo ese blanco no hay manera de saber si estaba vacío porque no había nada que decir, o porque había demasiadas cosas distintas que decir a la vez.
Hay otro detalle que suele pasar inadvertido. Cuando alguien empieza a sentir que "así piensa todo el mundo", casi nunca conoce el total del que esa impresión es solo una parte. Ve el numerador —las veces que algo le llegó— sin haber visto nunca el denominador, porque el denominador no aparece en ningún sitio visible. Y una impresión formada así no se queda quieta: cambia el modo en que quien la sintió empieza a hablar. Quien ajusta su manera de decir las cosas para sonar como lo que cree mayoritario añade, sin darse cuenta, una voz nueva que suena igual que las que ya estaban creciendo. La impresión termina fabricando el material que después la confirma.
Corregir la cifra después no corrige la impresión en la misma medida. Saber que el número era, en realidad, de un orden menor no borra de un día para otro la sensación de que era grande. La corrección llega como un empuje único, en una frecuencia que ya no coincide con nada de lo que sigue vibrando: no tiene con qué resonar, y por eso apenas se nota.
En otro punto de este cuaderno se contó cómo un sesgo solo se hace visible en cuanto hay dos versiones que mirar a la vez: hasta ese momento no se veía nada. Aquí falta justamente ese segundo término. No existe una segunda versión que oponer a la del lado que calló, porque ese lado nunca llegó a formar parte de lo registrado. Contrastar dos hechos exige que ambos hayan quedado escritos en alguna parte; aquí solo llegó a escribirse uno, y el otro no dejó rastro que buscar. No es que la comparación se haya hecho mal, ni que a nadie se le haya ocurrido hacerla. Es que no hay nada con qué comparar: lo que no llega no deja ni siquiera el hueco reconocible de una ausencia.
Cerrar aquí sin volver la mirada hacia quien observa dejaría esto a mitad de camino. Vale la pena dejarlo escrito con claridad. En este mismo cuaderno se ha escrito más de una vez que algo "se ve mucho" o que "últimamente hay muchos". Casi nunca, al escribirlo, se había contado algo. No se había separado si era una cosa vista muchas veces o la misma cosa vuelta a ver una vez más. La frecuencia con la que algo llega y la cantidad de lo que llega se parecen tanto, vistas desde aquí, que ni siquiera quien observa las distingue siempre a tiempo.