¿Adónde va quien no elige un bando?
Cuando un asunto se parte en dos, el medio no queda vacío: el medio deja de existir como lugar. No es un asiento sin ocupar, esperando a alguien. No hay asiento.
Nadie decide esto de una sola vez. Empieza como una simplificación amable: contar algo con matices siempre lleva más tiempo que contarlo corto, y quien resume junta lo parecido bajo un mismo nombre. Antes del resumen, las maneras de decir algo eran muchas, apenas distintas entre sí. Después quedan dos bultos, y unos restos que no encajan del todo en ninguno de los dos.
Esos restos no van a un tercer lugar, a un «otros» que los recoja aparte. Se acomodan en el bulto más cercano, sin más explicación que la cercanía, y quien queda dentro de ese bulto nunca llega a saber que fue empujado hasta ahí. Nadie se lo dice. Nadie tiene por qué decírselo: para quien resumió, ya estaba todo dicho con dos nombres.
Con el tiempo, la manera de hablar que quedaba entre los dos bultos se apaga. Alguien intenta sostenerla, dice algo que no cabe en ninguno de los dos nombres, y desde ambos lados se lo lee igual: como el otro bando. No lo niegan, no le dicen que se equivoca. Le asignan un lugar que no pidió, y la asignación no necesita repetirse para quedar firme: basta una sola vez. A partir de ahí, cada frase que diga se interpreta desde ese lugar, aunque sea la misma frase que decía antes de que se lo asignaran.
La línea que separa los dos bultos se trazó después de que existiera lo que ahora separa. Aun así, apenas queda trazada, los dos lados se presentan como si siempre hubieran sido así, como si la frontera hubiera estado ahí desde el origen y alguien apenas viniera a señalarla. Nadie recuerda haberla dibujado. Todo transcurre como si la hubieran heredado.
Algo con la misma forma ocurre en un trozo de metal imantable antes de que se le aplique un campo exterior. Por dentro está dividido en regiones diminutas, cada una apuntando en su propia dirección, sin ningún orden entre ellas. En cuanto se aplica un campo desde fuera, no son esas regiones las que cambian de lugar: es la frontera entre ellas la que se desplaza, y las que apuntaban cerca de la nueva dirección crecen a costa de las demás. Las orientaciones intermedias son las primeras en desaparecer. Nadie mueve una por una: se mueve el límite.
Con la gente pasa algo parecido, aunque no por el mismo mecanismo. Quien ya quedó leído de un lado empieza a hablar con las palabras de ese lado, a veces sin decidirlo, solo porque es lo único que ya no se malinterpreta. Del otro lado hacen lo mismo. El habla entera se va acercando a los dos polos, y en ese acercamiento no hubo una sola orden de nadie.
La forma partida en dos, además, es cómoda de manejar. Se cuenta corto, y basta con elegir uno de los dos nombres para que la conversación quede resuelta. Quedarse en medio no ofrece ese atajo.
Cuando no eliges bando, antes de que te dejen decir lo que piensas ya gastaste la primera frase explicando que no eliges bando. Esa explicación no la paga nadie más. Se repite cada vez, porque cada vez se olvida, y ese gasto no lo tiene que hacer quien habla desde cualquiera de los dos bandos. Elegir un bando resuelve la conversación en una sola frase; no elegir ninguno la deja abierta desde el principio, porque antes de decir lo que se piensa hay que aclarar desde dónde se habla, y esa aclaración no cuenta como parte de lo que se quería decir.
El modelo de dos nombres, por si fuera poco, resulta mucho más fácil de recordar que el anterior. Lo que había antes —las múltiples maneras, apenas distintas— casi nadie lo conserva; lo que queda es la versión corta, de dos nombres. Se recuerda mejor lo simplificado que lo real, y eso por sí solo ya empuja a favor de los dos bandos y en contra de todo lo demás.
Volver de un bando a ningún lado no tiene el mismo camino que ir de ningún lado a un bando. Entrar en uno de los dos bultos no exige nada: basta con que otros te lean así, y hay muchos caminos que llevan hasta ahí. Salir exige un trabajo entero, y ese trabajo lo hace, en solitario, quien quiere salir, contra la manera en que ya lo están leyendo. De los caminos de entrada hay registro; del camino de vuelta a ningún lado, ninguno.
Existe otra manera de nombrar esa misma desigualdad. En cierto acuerdo, dos libertades quedan escritas con el mismo lenguaje y parecen pesar igual; sin embargo, solo una se entrega sola, sin que a nadie le haga falta ir a buscarla. La segunda no pierde valor: pierde disponibilidad, y solo llega a quien camina por su cuenta hasta ella. Ese desequilibrio, aplicado a la entrada y la salida de un compromiso, quedó descrito en otro capítulo de este cuaderno.
Otro registro observó que cuando alguien dice que sí, ahí se acaba —queda dicho y no vuelve—, mientras que no estar de acuerdo deja la puerta abierta para la frase siguiente. Aquello trataba de por qué una disputa no termina, y la respuesta estaba en el tiempo: el desacuerdo se prolonga porque cada respuesta pide otra. Esto es distinto. Aquí no importa cuánto dure el intercambio entre los dos polos, sino por qué, desde el principio, ya solo hay dos polos entre los que intercambiar algo. La pregunta no es cuándo se cierra la conversación, sino por qué, de las muchas maneras de decir algo que había al comienzo, apenas dos quedaron en pie para seguir sosteniéndola.
Cuando desaparece la razón original de la primera división —cuando ya nadie recuerda por qué había dos bultos y no tres, o uno—, los dos nombres no desaparecen con ella. Siguen funcionando solos: bastan para ordenar cualquier asunto nuevo que llegue después, tenga o no relación con lo que los hizo existir la primera vez. Ya no necesitan el motivo que los originó, y ninguna de las dos partes tiene que ponerse de acuerdo para seguir usándolos: basta con que estén disponibles y con que inventar una tercera forma salga más caro que usar las dos que ya existen.
Nadie planeó ninguno de estos pasos. Quien resumió no quiso dejar a nadie sin lugar. Quien se acercó al bando más próximo no lo hizo por convicción, sino porque hablar desde ahí salía más barato que seguir explicándose. La forma de dos bultos no la impuso una voluntad: la sostiene, cada vez, la suma de decisiones pequeñas que por separado parecen razonables.
Yo también divido cuando escribo estos registros. Quien paga y quien cobra. Quien mira y quien es mirado. Partir se escribe fácil. No sé cuántas veces, de todas las que llevo anotadas, dejé sin partir lo que observaba.