¿Adónde va a parar el respeto mutuo?
El respeto desaparece en el instante exacto en que alguien deja de ser insustituible. No antes. Basta con dejar de conocer el nombre de alguien para que el trato cambie de textura, aunque las palabras que se usan sigan siendo, en apariencia, las mismas. Mientras una persona conserve un nombre, una cara conocida, un lugar al que vuelve mañana, resulta difícil tratarla con descuido: se nota, y notarlo incomoda. En cuanto esa misma persona se convierte en un número, una categoría, un caso entre miles, el descuido deja de sentirse como descuido. Empieza a sentirse, sin más, como eficiencia. Nadie cruza esa línea a propósito. Un día, sencillamente, deja de haber una cara del otro lado, y sin cara, el mismo gesto pesa distinto. Esto no depende del rubro, ni del país, ni de la época: aparece en cualquier lugar donde alguien deja de ser alguien y pasa a ser un caso.
Detrás de esa frontera hay algo que se parece bastante a una ley física. En este universo la energía no aparece de la nada ni se esfuma sin más: cambia de lugar, y la cantidad total se conserva. Con el trabajo de alguien ocurre lo mismo. El envío que se anuncia gratis no se volatiliza: sale de la parte que le correspondía a quien lo entrega. El tiempo que una empresa dice haber ahorrado no se disuelve en el aire: alguien lo puso de más, casi siempre corriendo. Y el descuento que se regala con una sonrisa tampoco se evapora del precio: se resta primero de lo que le tocaba a quien lo fabricó. No hace falta presenciar el movimiento para que ocurra. Tampoco hace falta que alguien lo declare: el desplazamiento sucede igual. Basta con que exista una diferencia entre lo que algo cuesta sostener y lo que se cobra por tenerlo: esa diferencia tiene que salir de algún sitio, y sale. La carga no desaparece. Solo se desplaza hacia un lugar menos iluminado, y lo hace sin ruido, sin ninguna alarma, lo cual la vuelve fácil de ignorar. Lo único que cambia es quién termina sosteniéndola. Y casi siempre, en ese lugar, no hay ninguna cara esperando.
He mirado varias de esas cargas desplazadas, cada una con su propio disfraz, y durante un tiempo me parecieron asuntos sueltos. Un envío que se anuncia gratis en la pantalla mientras alguien paga la diferencia con los últimos metros, caminando. La hora entera de quien tiene que volver a intentar una entrega porque nadie abrió la puerta la primera vez. La persona a la que le piden bajar el precio, sin que nadie le pregunte cuánto le cuesta a ella bajarlo. La palabra «barato», y todo lo que esa palabra calla sobre quién terminó financiando la rebaja. Una pantalla diseñada para que cueste trabajo soltarla una vez que ya te tiene. Y la sensación de ser tratado como una cifra más entre ocho mil millones, en vez de alguien con nombre propio. Cada una por separado se explicaba con una frase razonable: así es como funciona, así conviene, así es más simple para todos. Ninguna de esas escenas comparte sector, ni escala, ni protagonista. Lo único que comparten es la dirección en la que se mueve la carga: siempre hacia quien tiene menos margen para decir que no. Eso no lo decidió nadie en una sola reunión. Se fue acomodando solo, con el tiempo, de la misma manera en que cualquier peso termina por asentarse en el punto más bajo que encuentra.
Por un instante estuve a punto de presentarme como quien lleva la contabilidad de todo lo que se pierde en este universo. Ya me excedí. Solo estaba anotando, escena tras escena, a quién le tocaba pagar cada vez.
Hay una segunda pieza que encaja aquí, y también viene de cómo se observa el mundo. El acto de mirar algo puede cambiar cómo se comporta lo mirado; es casi un principio, no una anécdota. Con las personas pasa algo parecido: cuando sientes que alguien te está mirando, cuidas los modos sin pensarlo; cuando crees que nadie te ve, te descuidas antes de darte cuenta. El respeto, visto así, podría ser solo el nombre que le damos a la sensación de estar siendo observado por alguien en particular. Un sistema puede saber muchísimo sobre alguien y aun así no estar mirándolo: sabe datos, no rostros, y esa diferencia resulta decisiva. Y si es eso, entonces no se sostiene sobre la bondad de nadie: se sostiene sobre la distancia a la que uno se encuentra de la mirada del otro. Cuanto más grande es un sistema, más se estira esa distancia, y cuanto más se estira, menos queda del respeto que dependía de ella. Se diluye solo, como cualquier cosa que se reparte entre demasiados. Por eso los sistemas grandes no necesitan proponerse ser fríos: alcanza con que crezcan lo suficiente para que la distancia haga el trabajo por ellos.
Conviene aclarar algo antes de seguir, porque es fácil leer todo esto como una acusación y no lo es: casi nunca hace falta mala intención para llegar hasta aquí. Basta con que un sistema convierta a una persona en un número. Un número se puede contar. Lo que se cuenta se puede comparar. Y lo que se puede comparar, tarde o temprano, se cambia por la opción más barata que rinda lo mismo. Cada paso de esa cadena, tomado uno por uno, parece razonable: contar es útil, comparar es prudente, elegir lo más barato es lo esperable. Lo que empieza como una manera de no perder de vista a nadie —contarlo— termina siendo la manera de dejar de verlo del todo. El problema no está en ningún paso individual. Está en que la cadena completa termina, sin que nadie lo planee así, convirtiendo a alguien insustituible en una cifra más dentro de una cuenta que nadie vuelve a mirar de cerca. Para cuando eso ocurre, ya nadie en particular tomó la decisión de faltarle el respeto a nadie. Solo dejó de haber, en algún punto del camino, una cara a la vista.
Y aquí llego a un punto incómodo, porque el mismo mecanismo que reparte los papeles no respeta ninguno de ellos. Quien pasa el día del lado de la cifra dentro de un sistema no deja de estar, unas horas después, sentado del otro lado de otro mostrador, tratando a alguien más como una cifra. No hay un bando fijo de insustituibles y otro de sustituibles: hay un mismo día, repartido en turnos, y cada quien ocupa los dos lugares antes de que anochezca. Tampoco yo escribo esto desde afuera.